| 8 min | David Martín

La Callada ya no vale por respuesta

No es lo mismo predicar que dar trigo

Esta fue la respuesta que dio hace año y medio un conocido representante sindical a un periodista que aludía a lo 'insustancial' del Pacto para la Reforma Laboral que se acababa de alcanzar.


A estas alturas, podríamos confirmar que este ha sido el titular de dicha norma. El Gobierno, con el RD Ley 32/2021, de medidas urgentes para la reforma laboral, hizo en su momento un ejercicio de dar trigo constreñido por las exigencias de Bruselas y mediatizado por la necesidad de alcanzar un texto de consenso, texto que, sin entrar a valorar su técnica legislativa, cuenta con una redacción, en materia de contratación, en ocasiones confusa.

Y es que, como dice el refrán, se cosecha lo que se siembra; y a los hechos me remito, ya que un año después de la plena implantación de la reforma laboral que Yolanda Díaz vendió como el bálsamo de fierabrás contra la temporalidad, podemos ver que únicamente dos de cada diez nuevos contratos se corresponden con lo cualquier mortal entiende como un puesto fijo de verdad, como empleo de calidad o, lo que es lo mismo, un contrato indefinido a tiempo completo. El resto, chapa y pintura, contratos a tiempo parcial y contratos temporales de toda la vida tuneados.

Y por supuesto, el gran protagonista de la reforma laboral, el contrato fijo discontinuo que tantas incertidumbres genera, un contrato puente entre la temporalidad y la fijeza ordinaria, que nació con la Ley de Relaciones Laborales de 1976, que fue regulado en el Estatuto de los Trabajadores de 1980 dentro de los contratos temporales, que luego se le incluyó en los contratos a tiempo parcial, y ahora, después de 47 años haciendo las veces de actor secundario Bob en el escenario de la contratación laboral, cobra un papel relevante en esta reforma. Contrato que, en mi opinión, lejos de acabar con la dualidad del mercado de trabajo, es un nuevo elemento de precarización, ya que es el cajón de sastre donde han sido objeto de trasvase los antiguos contratos eventuales y de obra y servicio determinado.

Y es que estamos más a 'sumar' rolex que a setas, y para muestra otro botón: en el primer cuatrimestre del año 2023 hemos marcado récord de despidos registrando 303.998 bajas de afiliación al Régimen General de la Seguridad Social por la causa de 'despido', un 48% más que hace un año y la cifra más alta desde el año 2013. Las claves de esto, como no podría ser de otra manera, están en las tripas de la reforma laboral, y es que el que hizo la ley, hizo la trampa, ya que los despidos de trabajadores indefinidos en el periodo de prueba se han disparado un 141% en el último año… juzguen ustedes mismos.

Y ya no hablamos de la hoja de ruta en materia laboral, que el Gobierno tenía prevista para el año 2023, y que comprendía la Ley de Familias o el Estatuto del Becario, que previsiblemente no se aprobarán ante el adelanto electoral del 23 de julio, aunque nuestra ministra de Trabajo quiera ahora pisar el acelerador para aprobar con los sindicatos este último documento, que tendría que aprobarse como un real decreto ley y pasar por la Diputación Permanente del Congreso, o lo que es lo mismo, el apretón del vago.

En fin, y como estamos en época de EBAU, como laboralista, me atrevo a aventurar que la Ley 32/2021, de medidas urgentes para la reforma laboral, sobre todo en materia de contratación, ha cosechado uno de los 'cates' más contundentes de la historia de la legislación laboral española.